• Mimi Matar

¿Cuáles son tus sogas?




LA SOGA

Por Mimi Matar


Ese hilo, se había convertido en una fuerte soga, daba vueltas alrededor de mi cuerpo, desde los pies hasta el cuello, dejando libre mi cabeza. Podía escuchar, ver, oler pero mi cuerpo permanecía inmovil.  Mis ojos miraban al horizonte pero esta soga cada vez me apretaba más, sin permitirme ningún movimiento.


Mi cabeza soñaba, fantaseaba y la ilusión se hizo parte de mi vida. Sin darme cuenta estaba más atenta a mis sueños irreales que a la cruda realidad. Mi vida pendía de una soga que anulaba mi tronco y mis extremidades. De vez en cuando iba hacia la derecha o hacia la izquierda como si fuera un títere, pero jamás iba en la dirección de lo deseado.


Pasado el tiempo, llegué a pensar que la soga ya era parte de mí. Con ella iba y venía, ya estaba tan acostumbrada que hasta empecé a admirarla, a amarla y pensar que jamás podría vivir sin ella, y hasta un punto llegué a pensar que la vida no tendría sentido si no estuviera amarrada. La soga y yo: era como una historia de amor una profunda sensualidad nos unía, bailábamos, me seducía.  Llegué a necesitar su apretón, su encierro hacía mi vida más llevadera, ya no tenía que pensar en nada, simplemente la soga lo resolvía todo.


Mirar a las estrellas, no era una opción, abrir mis brazos y girar sobre mi cuerpo tampoco. Días y noches atada e ignorantemente me creía “feliz”.


Y la soga se fue alimentando de mí. Mientras yo adelgazaba, la soga se reía y yo lloraba. La soga se sentía plácida y yo empecé a sentirme desvalorada y desanimada. Era un día de primavera, desperté  del sueño , de la ilusión. Deseaba tocar las flores, bañarme en ellas, intento desatarme y mi soga mientras más movimientos yo realizaba más me apretaba. Una fuerza interna me invitó a mirarla a los ojos. Sentía un fuerte deseo de desatarme y finalmente ser libre, correr….que mis pies sintieran el pasto, que pudiera sumergirme en el agua. Por mucho tiempo había estado atado ciegamente.


La miré fijamente a los ojos y le hablé con voz pausada: Amada Soga, tanto me apretaste que al fin pude descubrir mi valor interno, tanto ahogaste mi cuerpo que ahora puedo sentirlo; tanto me sedujiste que ahora encuentro el valor de mirarme, ya no me comparo más...SOY.

Gracias por enseñarme a valorarme, a buscar dentro de mí, a encontrar mi fuerza ya es hora de que me sueltes. La soga no podía creerlo. Le costó mucho asimilar que ya había cumplido su misión, y ahora me tocaba a mí.  Me preguntaba si yo podría vivir sin ella, quien me daría instrucciones, la soga empezó a cuestionarme e intentó hacerme dudar; esta vez no me dejé seducir. Simplemente le dije: ya no te uso más. Con lentitud y calma fue desplazándose desde mi cuerpo, se fue soltando y con ella se soltaban mis amarras, mi falta de amor propio y fue saliendo de mi plexo solar una pequeña hoja. Descubrí que debía empezar a regarme diariamente, a cultivarme, a rociarme. Me sentí libre y agradecida, la soga tal cual culebra emprendió camino, me dejo un pequeño pedazo sólo para recordarme el lugar donde me tocó estar.. Y que ahora agradezco.




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